Si Twitter hubiera sido un grupo de rock español de los noventa, su nombre habría sido “Héroes del Silencio”. Esta comparación bastante absurda de mediados de agosto no me sale de una insolación (como podría parecer) sino de ver que con ninguno de los dos existe el término medio. O te apasionan, o los odias. Así sucedía con las letras y los acordes oscuros de Bunbury, Valdivia y compañía. Éramos legión los que los seguíamos, los que tarareábamos sus canciones, los que nos sentíamos especiales por entenderlos. Como lo eran también los que los criticaban, los que decían que cuadraban los versos con la primera palabra que se les ocurría, los que promulgaban que tras el mucho ruido, pocas nueces había.

Hoy he leído en Soitu una fantástica entrada de Francis Pisani, en la que cifra en un 40% el número de lo que podríamos denominar basura-tweets y en menos de un 4% los beluga-tweets, es decir, referencias a artículos, noticias, etc.
Para los que todavía andan confundidos con el uso de la “aplicación del pajarito” convendría recordar que el objeto de Twitter se resume con su pregunta al usuario ¿Qué estás haciendo?. Ni más ni menos. Ni se trata de ser un repositorio de links recomendados (para eso es cien veces mejor Delicious, por ejemplo), ni un lugar para expresar la opinión (ahí siguen los blogs), ni un buscador, ni una red social. Ni tiene como finalidad ser útil, ni informar, ni ser exhaustiva. O quizá todo ello pero en dosis mínimas, dependiendo del uso que cada uno le dé.
Porque en realidad es tan sólo una herramienta de comunicación entre personas que se conocen o que quieren estar en contacto por algún motivo y que, aunque permita respuestas, es básicamente unidireccional: alguien escribe sobre lo que le da la gana y los que lo siguen, lo leen. Tan sencillo como eso.
Pero ahí radica la fuente principal de las críticas. Muchos siguen a gurús de la tecnología, a músicos, artistas o incluso ciclistas y, en vez de encontrar una avalancha en tiempo real del área de experiencia del “followeado”, descubren sus ataques intestinales, sus visitas al dentista o las bonitas fotos que sacan a sus hijos cuando se lanzan a la piscina. De referentes en un tema pasan a ser personas reales. La insoportable levedad del ser, vamos.
No hay solución a este asunto, pero os doy mi receta para aprovechar realmente Twitter y no pasar a odiarlo: no sigáis a quien no os guste lo que escribe. Yo hago eso. Hay magníficos bloggers a quienes leo (por ejemplo, Enrique Dans), a los que puedo seguir en Twitter, quizá porque él se dirige a un público (es libre de hacerlo, vaya eso por delante) más cercano a él, más personal y en el que yo no me siento para nada ubicado. Y eso no es culpa de la herramienta, sino de lo que esperamos cada uno de ella.
La libertad de la red le permite a cada uno escribir y usar las herramientas a su antojo, pero también seleccionar bien qué desea leer.
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A pesar de que sigue sin convencerme del todo y que 
