De vez sucede que lees uno de esos artículos que te dejan pensando y que le dan un buen giro al estómago por la sensación de vértigo incontrolable que traen consigo. Eso me ha sucedido con éste y con éste.
Abrevio: pongámonos en una situación como la actual, en la cual masivamente las personas se han convertido en generadoras casi enfermizas de gigabytes de información en forma de fotografías, vídeos, artículos de opinión, mensajes cortos y cientos y cientos de formatos más, en la cual la tecnología va camino de convertirse en una commodity más y en la cual el uso de dispositivos específicos para cada tarea empieza a convertirse en algo engorroso e incluso molesto.
Pensemos ahora en dispositivos que graben toda nuestra existencia y que nos aíslen de ese tedio que supone “loggear” o registrar cada acontecimiento de nuestra vida que albergue un mínimo interés. Por no complicarlo demasiado es sencillo imaginar una especie de microcámara situada junto a nuestros ojos que almacenase todas y cada una de las imágenes y sonidos que recogiese nuestro cerebro, a modo de base de datos de experiencias que pudiera ser accesible cuando uno desease. Añadamos a eso además un GPS integrado de forma que pudiésemos posicionar geográficamente el lugar en el que se filmó cada grabación.
¿Parece algo lejano o un mero producto de la imaginación? Ni mucho menos. Al fin y al cabo es “simplemente” una extensión del Google Street View al humano. ¿A que visto así no parece tan lejos?
Por supuesto quedan muchos aspectos a depurar en los dispositivos y se abren nuevos debates sobre la privacidad, pero sin duda aparece un campo fascinante que en pocos años estará tan extendido como a día de hoy lo están ya las citadas cámaras y los dispositivos GPS.
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